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COSAS QUE CUENTAN
Rosario de la Cruz Casas
(Prólogo de
José María Castillo, télogo de la
liberación)
Me
siento cansada. ¡Todo el día trabajando!
¡Y por
la noche también!
Desde que me cambiaron el contrato laboral echo las mismas horas que
un reloj: veinticuatro. Antes era distinto. Sólo trabajaba
en
el turno de la tarde. Mi horario era más reducido y al menos
la mañana me servía para descansar; pero eso
sólo
fue en mis primeros años de empleo. Cuando pasó
un
tiempo, también me propusieron trabajar unas horas por las
mañanas, y yo accedí. No era un mal trabajo. Era
bastante entretenido y yo era joven, podía ofrecer cosas
nuevas y nuevos puntos de vista.
Más tarde, una nueva propuesta y una nueva
aceptación
por mi parte dieron al final con mi situación actual.
Y ahora, me encuentro saturada. Ya no me quedan ideas nuevas que
ofrecer y necesito un descanso. Sí; quizá
rindiera más
si trabajara menos horas, pero no puedo dejarlo. Todo el mundo
necesita que yo siga trabajando y me doy cuenta de que aunque yo no
tenga nada nuevo que aportar, la gente se adapta a lo que les doy,
aunque cada vez sea menos. Es un trabajo en cierto modo agradecido.
Por eso, de jubilarme, ¡ni hablar!
Seguiré ocupando el lugar preferente en el salón
de
todos los hogares en los que estoy contratada como
acompañante
durante las veinticuatro horas. A veces hasta velo el sueño
de
alguien que se queda dormido. Sólo descanso algún
rato
cuando no llega señal a la antena o cuando hay una
avería
en la luz.
Primero de los relatos que componen este delicioso libro en el que se
le da vida y voz a objetos cotidianos con una originalidad y
maestría sorprendente. Para ser el primer libro de Rosario
de la
Cruz la madurez que denota su prosa es sorprendente, así
como el
dominio del lenguaje.
El libro ha merecido el
prólogo de
José María Castillo, teólogo de la
lilberación al que se le prohibió dar clases por
su
doctrina contraria al dogma -según el Vaticano-.
10 euros
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